Todo tiene un comienzo y un....Ocaso

 ¡Hola a todos!

Me he liado la manta a la cabeza y me he lanzado a esta nueva aventura. 

Me gustaría convertir este blog es una especie de cuaderno de Bitácora e ir periódicamente contando anécdotas, experiencias, lo que me ronda por la cabeza o simplemente lo que me dicta el corazón.

Hoy quiero compartir con vosotros un escrito que presenté hace un mes en un certamen de Relatos cortos. Espero que os guste.


OCASO







Desde la ventana de mi habitación de la residencia, sentada en una cómoda butaca, veo a la gente pasar; veo la vida pasar, con cierta melancolía, añoranza, deseo de retroceder en el tiempo y volver atrás. Dice la frase que "cualquier tiempo pasado fue mejor" y yo no sé que pensar. En algunos momentos siento que no, que cada etapa tiene sus vivencias buenas y otras que desearías borrar lo más rápidamente posible, pero otros, en cambio...., solo recuerdo lo feliz que era años atrás. Eso según la psicóloga, es porque la memoria es selectiva y tiene la capacidad de borrar lo que nos hace daño y por eso solo recordamos lo bueno. Seguramente tenga razón, porque momentos malos en mi juventud y niñez, los hubieron, pero me cuesta mucho traerlos al presente. Sin embargo mi día a día..... No quiero ser una ingrata, pero se que mi tiempo en esta vida se está agotando; es como esas películas de acción, que tanto le gustan a mi nieto el pequeño, en el que el protagonista tiene que desactivar una bomba con una cuenta atrás que va avanzando sin que él pueda hacer nada para pararla. Así es como me siento yo en los últimos meses, o quizás años, no lo sé, la verdad, mis hijos dicen que pierdo la noción del tiempo. Desorientación temporal, por causa del Alzheimer, lo llama el médico. Lo cierto es que siento que se me escapa la vida entre mis dedos, como la arena de la playa, a la que tanto me gustaba ir y a la que no voy ya desde hace unos años. Como muchas otras cosas que he dejado de hacer con el paso de los años, aunque siga sin comprender por qué. Estoy harta de escuchar a todo el mundo decir que "ya he vivido mucho", que a mis noventa y tres años ya poco me queda por hacer, cuando yo siento que falta tanto aún por recorrer de ese camino que comencé hace casi un siglo.

Los últimos meses han sido los más complicados. Debido a un bicho raro, llevo muchos meses encerrada en este edificio, sin poder salir a la calle y sin poder abrazar a mi familia. Los abrazos son lo que calienta mi pobre alma de vieja, por lo que ahora siempre tengo frío, aunque sea Agosto, hagan más de cuarenta grados y lo peor de todo, es que por mucho que me abrigue, no consigo calentarme.

Quiero salir a la calle, pasear por la playa, tomarme un helado de vainilla en cucurucho, escuchar los gritos de los niños saltando las olas, sentir la brisa....Si lo piensas bien, ¡tampoco pido tanto! "¡Que no se puede!", me dicen, que estamos en una pandemia y que no puede salir nadie a la calle. Cuando protesto y grito desesperada que esto es una cárcel, me explican con argumentos que no entiendo ni quiero entender que no es así, que esto pasará y que todo volverá nuevamente a la normalidad. Pero yo lo quiero ahora, quizás mañana, sea tarde. ¡Que me importa que me mate el virus, si al final, si sigue esto así, la tristeza acabará conmigo! En estas ocasiones me echo irremediablemente a llorar. La psicóloga le llama labilidad afectiva; yo, desesperación e incomprensión.


Han intentado por todos los medios, que no me sienta sola; me ponen un aparato en el que veo a mis hijos, a mis nietos y a mis biznietos. Cada vez me llaman unos pero, además de que los busco por todos los lados de ese dichoso trasto y no entiendo bien como narices han conseguido meterse dentro de un cacharro tan pequeño, es que no puedo sentirlos.... Yo quiero verlos, pero también tocarlos, acariciarlos, notar el calor de sus besos en mis mejillas y sus brazos rodeándome, que me sequen las lágrimas con sus dedos cuando me emociono.... Y eso no lo tengo; eso hace ya mucho tiempo que no puedo palparlo. 


Esta mañana, me he levantado guerrera, según la chiquita que ha venido a levantarme. Alteraciones de conducta, le llaman, yo prefiero decir "pura supervivencia", o dime tú cómo reaccionarías si estás tan tranquila en tu cama, soñando con que paseas por un precioso prado verde, de la mano de las personas más importantes de tu vida, con el sol calentando tu piel y los pies descalzos sintiendo el frescor de la hierba y de repente entra alguien gritando y te despierta de un sobresalto, descorre con brusquedad las cortinas, dejando que la luz de la mañana te ciegue completamente. Sin darte ninguna explicación, te mete en un cuarto de baño un poco frío aún y medio a oscuras, porque siguen sin cambiar la bombilla que se fundió, te quita toda la ropa y empieza a echarte agua por todo el cuerpo, como si no hubiera un mañana. Bastante bien reaccioné, tuvo suerte la muchacha que solo grité hasta desgallitarme y repartí alguna patada y algún manotazo. La enfermera lo resolvió enseguida con unas gotitas en el zumo del desayuno; que no me quejo, que conste, porque después me sumo en un placentero sueño, que es dónde mejor vivo últimamente. Ya lo dijo Calderón de la Barca: "Que toda la vida es un sueño, y los sueños, sueños son". Y yo parece que solo alcanzo la felicidad plena, o como dice mi nieto el mayor, que es un poco rarito, el Nirvana, cuando duermo. Es en esos momentos en el que se mezclan mis anhelos, mis deseos más profundos con mis recuerdos, cuando consigo estar en paz, cuando realmente vivo. A veces también sueño despierta, dicen que se trata de ausencias. 

La semana pasada escuché como el médico hablaba por teléfono con mi hija y le explicaba que en este tiempo ha empeorado mi enfermedad y que ya no soy plenamente consciente de la realidad que me rodea y que en ocasiones, hay una desconexión con el medio. ¡Ni se imagina él, lo equivocado que está! Es precisamente en esos momentos, cuando más conectada estoy; conectada a mi misma, a mis recuerdos, a las partes de mi memoria que me hacen feliz, porque aunque yo ya sea mayor, no soy tonta y lo que sucede es que la realidad es tan abrumadora que prefiero vivir en un mundo paralelo en el que todo es más fácil, disfruto de la vida, me siento libre.


Dicen que a veces, tengo conductas que no son muy normales, aunque yo creo que la normalidad está sobrevalorada. Sin ir más lejos, ayer, me enfadé con la señorita que vino a vestirme porque no me quiso poner el vestido que yo quería. "¡Que es de lana y estamos en Agosto!", me dijo. Y que más da, si yo ya siempre tengo frío, además esta niña no tiene ni idea de que ese vestido era el favorito de mi Manuel, que en paz descanse. Siempre que me lo ponía, la mirada le cambiaba....había deseo, orgullo, esperanza, ilusión. Yo quería ponérmelo para estar guapa para él, porque había decidido ir a buscarlo en sueños y pasear juntos de la mano, levantando la envidia de todos los que nos miraban. No pude tener mejor compañero de vida, no lo digo por quedar bien, los hechos me abalan, ya que estuvimos más de sesenta años casados, hasta que hace cinco, abandonó este mundo; nunca digo que falleció, porque solo muere al que se olvida y yo siempre lo tengo vivo en mi corazón. Al final, la historia acabó como siempre. Yo con un vestido de verano, que ni siquiera sabía que era mío, quizás lo compró mi hija y me lo trajo sin decirme nada y la enfermera dándome unas de esas gotitas mágicas que tanto le gusta administrarme.


Hace unos meses, antes de que todo esto de la pandemia estallara y nos pusiera la vida patas arriba, estaba un domingo comiendo en casa de mi hijo el mayor, que es el más serio y responsable de todos, él dice que es porque es el primogénito, yo pienso que es porque es igualito que mi padre que era más seco que el esparto; en fin, a lo que iba,  que al final van a tener razón los médicos y me disperso. Estaba comiendo en su casa y cuando llegó la hora de volver a la residencia, me enfurruñé un poco, puse mala cara y le dije a mi hijo que prefería quedarme con ellos. Él, muy digno me espetó que no podía cuidarme, que tenía muchas responsabilidades y muy poco tiempo; además alegó que tenía que sentirme afortunada por estar en la residencia, ya que contaba con los mejores cuidados y con profesionales especializados que podían atenderme mejor que cualquiera de la familia. Lo miré con infinita tristeza en los ojos y me callé lo que me ardía en la garganta. Me callé que yo no quería cuidados expertos, que lo único que quería era el calor de los míos, compartir los logros de mis hijos, enorgullecerme al ver crecer sanos a mis nietos y formar sus propias familias, sentir de nuevo, las risas infantiles de mis biznietos. ¡Eso sí que son cuidados profesionales! 

Que no me quejo, de verdad. Que estoy bien, como dicen mis hijos...."¡ya quisiera estar yo a tu edad como estás tú!". No me duele nada, bueno, a veces me duelen los recuerdos, pero gracias al Alzheimer, se me olvida. ¡Ironías de la vida! 

Tengo una habitación preciosa, con vistas al jardín. Todos los días, después de desayunar, sesión de rehabilitación y de estimulación cognitiva; luego a comer, a mesa puesta ¡Que alivio no tener que preocuparme cada día que menú preparar!; después una siesta, por lo mucho que he trabajado, nótese la ironía. Nunca me ha gustado echarme por la tarde pero ahora me obligan porque el médico dice que es bueno para mi salud. Al levantarme, a merendar y a jugar a las cartas o al parchís con mis amigas, eso cuando no hay cine o baile; a eso de las ocho de la tarde, a cenar, otra vez a mesa puesta y a la cama a dormir. Y así un día tras otro. Hay veces que no puedo evitar acordarme de esa película que vi hace ya muchos años con mi Manuel en el cine, esa que un muchacho se despertaba por la mañana y pasaba siempre lo mismo que el día anterior, ahora mismo no me acuerdo como se llamaba.¡Dichosa memoria! Cuando tengo ocasión disfruto de una de mis pasiones en la vida: leer. Pero la vista ya no me permite hacerlo tantas veces como me gustaría. Mi familia ha intentado millones de veces comprarme un libro de esos de ahora modernos. ¡Habrase visto! Los libros tienen que tener tapas, hojas y tinta. Ellos se ríen y me dicen que si no fuera tan cabezona y antigua podría poner la letra al tamaño que quisiera y poder leer sin dificultad y yo me pregunto....¿Dónde queda el olor del papel, o el gozo de mojarte la punta del dedo con la lengua para pasar las páginas? La gente moderna de hoy en día no entiende de los verdaderos placeres de la vida.


Una vez, en una de las actividades que nos hacía la psicóloga, me preguntó que recordara algo que antes hacía y que ahora no y que echase de menos de manera especial. Lo tuve clarísimo desde el primer instante. Tomarme una copa de vino con mi marido en la terraza de casa, al caer la tarde y disfrutar de nuestra mutua compañía, sin parar de hablar y reír en ocasiones o simplemente mirándonos en silencio, acompañándonos cogidos de la mano, en otras. Terminar así el día, era una de las mejores cosas. Veo con tristeza como la gente hoy en día, se preocupa por tener más y más. No se dan cuenta de que la verdadera riqueza está en valorar las cosas sencillas, porque al final de la vida, lo que se atesora y lo único que realmente te vas a poder llevar....son momentos.

Y mirando por mi ventana, viendo la vida pasar, no puedo evitar sonreír, porque al final de la partida que me ha tocado jugar puedo decir... que he ganado. Porque tengo muchos motivos más que agradecer que por los que quejarme. He tenido mis más y mis menos, ha habido de cal y  de arena y no sé si he tenido una vida perfecta, pero sin duda, no le cambiaría ni una coma, porque, al fin y al cabo....ha sido MI VIDA.


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